EmileZola - Yo Acuso (J'Acusse)



Alegato enfavor del capitán Alfred Dreyfus, dirigido por Emile Zola mediante una cartaabierta al presidente de Francia M. Felix Faure y publicado por el - Diario L'Aurore - el 13 de enerode 1898 en su primera plana.

 
         Carta a M. Félix Faure   Presidente de la República Francesa
       Señor: Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me
       dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra        estrella, tan feliz hasta hoy, esta amenazada por la más vergonzoza        e imborrable mancha? Habéis salido sano y salvo de bajas  calumnias, habéis conquistado        los corazones. Aparecisteis  radiante en la apoteosis de la fiesta        patriótica que, para celebrar la alianza rusa, hizo  Francia, y os      preparáis a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal,        que  coronará  este gran siglo  de trabajo, de  verdad y de        libertad. Pero que  mancha de  cieno sobre vuestro  nombre - iba a        decir sobre vuestro reino - puede imprimir este abominable proceso        Dreyfus!. Por lo pronto, un consejo de guerra se atreve a absolver        a Esterhazy, bofetada suprema a toda verdad, a toda justicia. Y no        hay remedio; Francia  conserva esa mancha y la historia consignará que semejante crimen social se cometió al amparo de vuestra presidencia.  
       Puesto que se ha obrado tan sin razón, hablaré. Prometo decir toda
       la verdad y la diré si antes no lo hace el tribunal con toda claridad.        Es mi deber: no quiero ser cómplice. Todas las  noches me desvelaría        el espectro  del inocente que expía a lo lejos  cruelmente        torturado, un crimen que no ha cometido.  
       Por eso me dirijo a vos gritando la verdad con toda la fuerza de mi
       rebelión de hombre honrado. Estoy convencido de que ignoráis lo que        ocurre. Y a quien denunciar las infamias de esa turba malhechora de        verdaderos culpables sino al primer magistrado del país?       - Ante todo, la verdad acerca del proceso y de la condenación de        Dreyfus.  
       Un hombre nefasto  ha conducido la trama; el coronel Paty  de Clam,
       entonces comandante. El representa  por sí solo el  asunto Dreyfus;        no se le conocerá  bien hasta que  una investigación leal determine        claramente sus actos y sus responsabilidades. Aparece como un espíritu        borroso, complicado, lleno de intrigas novelescas, complaciendose con        recursos de  folletín, papeles  robados, cartas anónimas,        citas  misteriosas en lugares  desiertos, mujeres  enmascaradas. El        imaginó lo de dictarle a Dreyfus la nota sospechosa, el concibió la        idea de  observarlo  en una habitación  revestida de  espejos, es a       el a quien nos presenta el comandante Forzineti, armado de una linterna        sorda, pretendiendo  hacerse  conducir junto al acusado, que        dormía, para proyectar sobre su rostro un brusco chorro de luz para        sorprender  su crimen en su angustioso despertar. Y no hay para que        diga yo todo: busquen y  encontrarán cuanto  haga falta. Yo declaro        sencillamente que el comandante Paty de Clam, encargado de instruir        el proceso  Dreyfus y  considerado  en su misión judicial, es en el        orden de fechas y  responsabilidades el  primer culpable del espantoso        error judicial que se ha cometido.
       La nota  sospechosa  estaba ya, desde hace algún  tiempo, entre las
       manos del coronel Sandherr, jefe del Negociado de Informaciones,que        murió poco después, de una parálisis general. Hubo fugas, desaparecieron        papeles (como siguen  desapareciendo aún), y el autor de la        nota  sospechosa era buscado cuando se afirmó a priori que no podía        ser más que un oficial del Estado mayor, y precisamente del cuerpo        de artillería; doble error manifiesto que prueba el espíritu superficial        con que se estudió la nota sospechosa, puesto que un detenido exámen        demuestra que no podía tratarse más que de  un oficial de infantería.  
       Se procedió  a un minucioso registro; examinándose las  escrituras;
       aquello era como un  asunto de  familia y se  buscaba al traidor en        las mismas  oficinas para sorprenderlo y  expulsarlo. Desde que una        sospecha ligera recayó sobre Dreyfus, aparece el comandante Paty de        Clam, que se esfuerza en confundirlo y en hacerle declarar a su antojo.        Aparecen también el ministro de la Guerra, el general Mercier,        cuya  inteligencia debe  ser muy  mediana, el jefe de  Estado Mayor,        general Boisdeffre, que habrá cedido a su pasión clerical, y el general        Gonse, cuya conciencia elástica pudo  acomodarse a muchas cosas.        Pero en el fondo de todo esto no hay más que el comandante Paty de Clam,        que a todos los maneja y hasta los  hipnoptiza, porque        se ocupa también de ciencias ocultas, y conversa con los espíritus.        Parecen inverosímiles las pruebas a que se ha sometido al desdichado        Dreyfus, los lazos en que se ha querido hacerle caer, las investigaciones        desatinadas, las combinaciones monstruosas...        que denuncia tan cruel!.  
       Ah! Por lo que respecta a esa primera parte, es una pesadilla insufrible,
       para quien esta al corriente de sus detalles verdaderos.
       El comandante Paty de Clam prende a Dreyfus y lo incomunica. Corre después
       en busca  de la señora de  Dreyfus y le infunde terror, previniéndola que,        si habla su esposo esta perdido. Entre tanto, el desdichado se arranca la        carne y proclama  con alaridos su  inocencia, mientras la  instrucción del        proceso se hace como  una crónica del siglo XV, en el  misterio, con una        terrible  complicación de expedientes, todo basado en una sospecha infantil,        en la nota sospechosa, imbécil, que no  era solamente una traición        vulgar, era también un  estúpido engaño, porque los famosos secretos        vendidos eran tan inútiles que  apenas tenían  valor. Si yo insisto, es        porque veo en este germen, de donde saldrá más  adelante el verdadero        crimen, la espantosa denegación de justicia, que  afecta profundamente a        nuestra Francia. Quisiera hacer palpable como pudo ser posible el error        judicial, como  nació de las  maquinaciones  del comandante Paty de        Clam y como los generales  Mercier, Boisdeffre y Gonse, sorprendidos        al principio, han ido comprometiendo poco a poco su responsabilidad        en este  error, que mas tarde impusieron como una verdad santa, una        verdad  indiscutible, desde luego, solo hubo de  su parte incuria y        torpeza; cuando  mas, cedieran a las pasiones  religiosas del medio        y a prejuicios de sus investiduras. Y vayan siguiendo las torpezas!   Cuando aparece Dreyfus ante el Consejo de guerra, exigen el secreto        más absoluto. Si un traidor hubiese abierto las fronteras al enemigo        para conducir al emperador de Alemania hasta Nuestra  Señora de        París, no se  hubieran tomado  mayores  precauciones  de silencio y        misterio.  
       Se murmuran hechos terribles, traiciones monstruosas y, naturalmente,
       la Nación se inclina llena de estupor, no halla castigo bastante severo,        aplaudir  la degradación pública, gozar   viendo al culpable        sobre su roca de infamia devorado por los remordimientos.....        Luego es  verdad que existen  cosas indecibles, dañinas, capaces de        revolver toda Europa y que ha sido preciso para evitar grandes desdichas        enterrar en el mayor secreto?. No! Detrás de tanto misterio        solo se hallan las imaginaciones  románticas y  dementes del comandante        Paty  de Clam. Todo  esto no tiene otro objeto que ocultar la        mas inverosímil novela folletinesca. Para asegurarse, basta estudiar        atentamente el acta de acusación leída ante el Consejo de guerra.   Ah! Cuanta vaciedad! Parece mentira que con  semejante acta pudiese        ser  condenado un  hombre. Dudo  que las  gentes  honradas pudiesen        leerlas sin  que su alma se llene de indignación y sin que se asome        a sus labios  un grito de rebeldía, imaginando la expiación desmesurada        que sufre la víctima en la Isla del Diablo.   Dreyfus conoce varias lenguas: crimen. En su casa no hallan papeles        comprometedores; crimen. Algunas veces visita su país natal; crimen       Es laborioso, tiene ansia de saber; crimen. Si no se turba; crimen.        Todo crimen, siempre crimen... Y las ingenuidades de redacción, las        formales  aserciones en el vacío!. Nos  habían  hablado de  catorce        acusaciones  y no  aparece mas que una: la nota sospechosa. Es mas:        averiguamos que los peritos no están de acuerdo y que uno de ellos,        M. Gobert, fue  atropellado  militarmente porque se permitía opinar        contra lo que se deseaba. Hablase también de  veintitrés oficiales,        cuyos testimonios pasarían contra Dreyfus. Desconocemos aún sus        interrogatorios, pero lo cierto es que no  todos lo acusaron, habiendo        que añadir, además, que los  veintitrés oficiales pertenecían a las        oficinas del ministerio  de la guerra. Se las arreglan  entre ellos        como si fuese un proceso de familia, fijaos bien en ello: el Estado        Mayor lo hizo, lo juzgó y acaba de juzgarlo por segunda vez.
       Así, pues, solo  quedaba la nota  sospechosa acerca  de la cual los
       peritos no  estuvieron  de acuerdo. Se dice que, en el Consejo, los        jueces  iban ya, naturalmente a absolver al reo, y  desde entonces,        con obstinación desesperada, para  justificar la condena, se afirma        la existencia de un documento  secreto, abrumador; el documento que        no se  puede  publicar, que lo justifica todo y  ante el cual todos        debemos inclinarnos: el Dios invisible e  incognoscible!. Ese documento        no existe, lo niego con todas mis fuerzas. Un documento ridículo, si,        tal vez el  documento en que se habla de mujercillas y de        un señor D... que se hace muy exigente, algún marido, sin duda, que        juzgaba  poco retribuidas las  complacencias de su  mujer!. Pero un        documento que interese a la defensa  nacional, que no puede hacerse        público  sin que  se declare la  guerra inmediatamente, no, no!. Es        una mentira, tanto mas odiosa y cínica, cuanto que se lanza impunemente        sin que nadie pueda combatirla. Los  que la  fabricaron, conmueven        el espíritu  francés  y se  ocultan  detrás de una legítima        emoción; hacen  enmudecer  las bocas, angustiando  los  corazones y        pervirtiendo  las almas. No conozco en la historia un crimen cívico        de tal magnitud!.  
       He aquí, señor  Presidente, los hechos que demuestran como pudo
       cometerse un error judicial. Y las pruebas  morales, como la posición        social de  Dreyfus, su fortuna, su continuo clamor de inocencia, la        falta de motivos justificados, acaban de ofrecerlo como una víctima        de las extraordinarias  maquinaciones del medio  clerical en que se        movía, y del odio a los puercos judíos que deshonran nuestra época.  
       Y llegamos al asunto Esterhazy. Han pasado tres  años y muchas conciencias
       permanecen turbadas profundamente, se inquietan, buscan, y        acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus.  
       No historiaré las primeras dudas y la final convicción de M.
       Scheurer-Kestner. Pero  mientras el  rebuscaba por su  parte, acontecían        hechos de importancia en el Estado Mayor. Murió el coronel Sandherr        y sucedióle como  jefe del Negociado de  informaciones, el teniente        coronel Picquart, quien por esta causa, en ejercicio de sus funciones,        tuvo un  día ocasión  de ver una carta  telegrama  dirigida al        comandante  Esterhazy por un agente de una potencia extranjera. Era        su deber abrir una  información y no  lo hizo sin consultar con sus        jefes, el  general  Gonse y el  general  Boisdeffre y  luego con el        general Billot, que había sucedido al de la Guerra. El famoso expediente        Picquart, de que  tanto  se ha  hablado, no fue  más que el        expediente  Billot, es decir, el expediente instruido por un subordinado        cumpliendo  las ordenes del  ministro, expediente que  debe        existir aún  en el ministerio de la Guerra. Las investigaciones duraron        de mayo a setiembre de 1896, y es preciso decir bien alto que        el general Gonse estaba  convencido de la culpabilidad de Esterhazy        y que los generales  Boisdeffre y  Billot no ponían  en duda que la        célebre nota sospechosa fuera de Esterhazy. El informe del teniente        coronel Picquart había conducido a esta  prueba cierta. Pero el sobresalto        de todos era  grande, porque la condena de Esterhazy        obligaba  inevitablemente a la  revisión  del proceso Dreyfus; y el        Estado  Mayor a ningún precio quería desautorizarse.  
       Debió haber un momento psicológico de angustia  suprema entre todos
       los que  intervinieron en el asunto; pero es preciso notar que, habiendo        llegado al  ministerio el general Billot, después de la sentencia dictada        contra Dreyfus, no estaba comprometido en el error y        podía esclarecer la verdad sin desmentirse. Pero no se atrevió, temiendo        acaso el juicio de la  opinión pública  y la responsabilidad        en que habían incurrido los generales  Boisdeffre y Gonse y todo el        Estado Mayor. Fue un combate librado entre su  conciencia de hombre        y todo lo  que suponía el buen nombre militar. Pero luego acabó por        comprometerse, y desde entonces, echando  sobre  sí los crímenes de        los  otros, se hace tan  culpable como ellos; es  mas culpable aún,        porque fue  árbitro de la justicia y no fue justo. Comprended esto!        Hace un año que los generales Billot, Boisdeffre y Gonse, conociendo        la inocencia de Dreyfus, guardan para si esta  espantosa verdad.        Y duermen tranquilos, y tienen mujer e hijos que los aman!.  
       El coronel Picquart  había cumplido sus deberes de  hombre honrado.
       Insistió cerca de sus jefes, en nombre de la  justicia, suplicandoles,        diciéndoles que sus tardanzas eran  evidentes ante la terrible        tormenta que se les venía encima, para  estallar, en cuanto la verdad        se  descubriera. Moinseur  Scheurer-Kestner  rogó  también  al        general  Billot que por el patriotismo  activara el asunto antes de        que se convirtiera en desastre  nacional. No! El crimen estaba cometido        y el  Estado  Mayor no podía  ser culpable de ello. Por eso,        el teniente coronel Picquart fue  nombrado para una comisión que lo        apartaba del  ministerio, y poco a poco fueron  alejándose hasta el        ejército expedicionario de Africa, donde quisieron honrar un día su        bravura, encargándole una misión que le hubiera la vida en los mismos        parajes donde el marques de  Mopres encontró la muerte. Pero no        había caído  aún en desgracia; el general Gonse mantenía con el una        correspondencia muy amistosa. Su desdicha era conocer un secreto de        los que no debieran conocerse jamás.  
       En  París la  verdad se  abría camino, y sabemos ya  de que modo la
       tormenta estalló. M.Mathieu Dreyfus denunció al comandante Esterhazy        como verdadero autor de la nota sospechosa; mientras M.Scheurer-Kestner        depositaba  entre las manos del  guardasellos una solicitud        pidiendo la  revisión del  proceso. Desde  ese punto el  comandante        Esterhazy entre en  juego. Testimonios autorizados lo muestran como        loco,  dispuesto al suicidio, a la fuga. Luego, todo cambia, y sorprende        con la violencia de su audaz actitud. había recibido refuerzos:        un anónimo advirtiéndole los manejos de sus enemigos; una dama        misteriosa  que  se  molesta en  salir  de  noche para  devolver un        documento que había sido robado de  las oficinas militares y que le        interesaba  conservar  para su  salvación.  Comienzan de  nuevo las        novelerías folletinescas, en la que reconozco  los medios ya usados        por la fértil  imaginación  del teniente coronel Paty  de  Clam. Su        obra, la condenación de Dreyfus, peligraba, y sin duda quiso defender        su obra. La revisión del proceso era el  desquiciamiento de su        novela folletisnesca, tan extravagante como trágica, cuyo espantoso        desenlace se realiza en la Isla del Diablo. Y esto no podía consentirlo.        Así comienza el duelo entre el teniente  coronel Picquart, a        cara descubierta, y el teniente coronel Paty de  Clam, enmascarado.        Pronto se hallaran los dos ante la justicia civil.   En el fondo no        hay más que una cosa: el Estado Mayor defendiéndose y evitando confesar        su crimen, cuya abominación aumenta de hora en hora.  
       Se ha preguntado con estupor cuales eran los protectores del comandante
       Esterhazy. Desde luego, en la sombra, el teniente coronel Paty        de Clam, que ha imaginado y conducido todas las maquinaciones, descubriendo        su presencia en los procedimientos descabellados. Después        los generales  Boisdeffre, Gonse y Boillot. obligados a defender al        comandante, puesto que no pueden consentir que se pruebe la inocencia        de Dreyfus, cuando este acto habría de lanzar contra las oficinas de        la Guerra el  desprecio del público. -Y el resultado de esta        situación prodigiosa es que un hombre intachable, Picquart, el único        entre todos que ha cumplido con su deber, será la víctima escarnecida        y castigada. Oh justicia! Que triste  desconsuelo embarga el        corazón! Picquart es la víctima, se lo acusa de  falsario y se dice        que fabrico la carta  telegrama para perder a Esterhazy. Pero, Dios        mío!, por que  motivo? Con qué objeto? Que indiquen  una causa, una        sola. Estar  pagado  por los  judíos?. Precisamente  Picquart es un        apasionado  antisemita.  Verdaderamente  asistimos a un espectáculo        infame; para proclamar la inocencia de los hombres cubiertos de vicios,        deudas y  crímenes, acusan un hombre de vida ejemplar. Cuando        un  pueblo desciende a esas  infamias, esta próximo a corromperse y        aniquilarse.  
       A  esto  se  reduce, señor  Presidente  de la  república, el asunto
       Esterhazy, un  culpable  a  quien  se  trata de  salvar  haciéndole        parecer inocente, hace dos meses que no perdemos de vista esa interesante        labor. Y abrevio  porque  solo  quise  hacer el resumen, a        grandes rasgos, de la historia cuyas ardientes páginas un día serán        escritas con toda  extensión. Hemos visto al general Pellieux, primero,        y  al comandante  Ravary, mas  tarde, hacer  una  información        infame, de la cual han de  salir transfigurados los bribones y perdidas        las  gentes  honradas.  Después se ha convocado al Consejo de        guerra. Como se pudo suponer que un Consejo de guerra deshiciese lo        que había hecho un Consejo de guerra?      Aparte la fácil elección  de los jueces , la elevada idea de disciplina        que llevan esos militares en el espíritu, bastaría para debilitar        su rectitud. Quien dice disciplina dice obediencia. Cuando el        ministro  de la guerra, jefe supremo, ha  declarado públicamente  y        entre las aclamaciones de la representación nacional, la inviolabilidad        absoluta de la cosa juzgada, queréis que un Consejo de guerra        se  determine a  desmentirlo  formalmente?.  Jerárquicamente  no es        posible  tal  cosa. El  general  Billot, con sus  declaraciones, ha        sugestionado a los jueces  que han  juzgado como entrarían en fuego        a una orden sencilla de su jefe: sin titubear. La opinión preconcebida        que llevaron al tribunal fue sin  duda esta: "Dreyfus ha sido        condenado por crimen  de traición  ante un Consejo de guerra; luego        es culpable y  nosotros, formando un  Consejo de guerra, no podemos        declararlo  inocente. Y como  suponer  culpable a  Esterhazy, sería        proclamar la inocencia de Dreyfus, Esterhazy debe ser inocente".  
       Y dieron el inicuo fallo que pesará siempre sobre nuestros Consejos
       de Guerra, que hará en  adelante sospechosas todas sus deliberaciones.        El primer Consejo de guerra pudo equivocarse; pero el segundo        ha  mentido. El jefe supremo había declarado la cosa juzgada inatacable,        santa, superior a los hombres, y ninguno se atrevió a decir        lo  contrario. Se nos habla del honor del ejército; se nos induce a        respetarlo  y amarlo. Cierto que  si; el ejército que  se alzara en        cuanto se nos dirija la menor amenaza, que defenderá el territorio        francés, lo forma  todo el pueblo, y solo tenemos para el ternura y        veneración. Pero ahora no se trata del ejército, cuya dignidad justamente        mantenemos en el ansia de justicia que nos devora; se trata        del sable, del señor que nos darán acaso mañana. Y besar devotamente        la empuñadura del sable del ídolo. No,eso no!.  
       Por lo demás queda demostrado que el proceso Dreyfus no era mas que
       un asunto particular de las  oficinas de  guerra; un  individuo del        Estado Mayor, denunciado por sus camaradas del mismo cuerpo, y condenado,        bajo la presión de sus jefes.
       Por lo tanto, lo repito, no puede aparecer inocente sin que todo el
       Estado  mayor aparezca  culpable. Por esto las  oficinas  militares,        usando todos los  medios que les  ha sugerido  su imaginación y que        les permiten sus influencias, defienden a  Esterhazy para hundir de        nuevo a Dreyfus. Ah!, que gran barrido debe hacer el Gobierno republicano        en esa cueva  jesuítica (frase del  mismo  general Billot).        Cuando  vendrá el ministerio  verdaderamente fuerte y patriota, que        se  atreva de  una vez a  refundirlo, y renovarlo  todo?. Conozco a        muchas  gentes que, suponiendo  posible una guerra, tiemblan de angustia,        porque  saben en que manos esta la defensa nacional! En que        albergue de  intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el        sagrado asilo  donde se  decide la suerte de la patria!. Espanta la        terrible claridad  que arroja sobre aquel antro el asunto  Dreyfus;        el sacrificio humano de un infeliz, de un puerco judío. Ah! se han        agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones locas, prácticas        de  baja  policía,  costumbres  inquisitoriales; el placer de        algunos tiranos que pisotean  la nación, ahogando en su garganta el        grito de verdad y de justicia  bajo el pretexto, falso y sacrílego,        de razón de estado.  
       Y es un crimen mas  apoyarse con la persona inmunda, dejarse defender
       por todos los  bribones de  París, de manera que los  bribones        triunfen insolentemente, derrotando el derecho y la probidad. Es un        crimen  haber acusado como perturbadores de Francia a cuantos quieren        verla  generosa y  noble a la cabeza de las  naciones libres y        justas, mientras los canallas urden impunemente el error que tratan        de  imponer al mundo  entero. Es un crimen extraviar la opinión con        tareas mortíferas que la pervierten y la conducen al delirio. Es un        crimen envenenar a los   pequeños y a los humildes, exasperando las        pasiones de reacción y de  intolerancia, y cubriéndose con el antisemitismo,        de  cuyo mal  morirá  sin duda la  Francia  libre, si no        sabe  curarse a tiempo. Es un crimen  explotar el  patriotismo para        trabajos de odio; y es un crimen, en fin,   hacer del sable un dios        moderno, mientras toda la ciencia humana emplea sus trabajos en una        obra de verdad y de justicia.  
       !Esa verdad, esa  justicia que  nosotros buscamos  apasionadamente,
       las vemos  ahora humilladas y  desconocidas!. Imagino el desencanto        que padecerá  sin  duda el  alma de M. Scheurer-Kestner, y lo  creo        atormentado por los remordimientos de no haber procedido revolucionariamente        el día de la interpelación en el Senado, desembarazandose        de su carga,  para  derribarlo  todo de  una vez. Creyó  que la        verdad  brilla por si sola, que se lo tendría por honrado y leal, y        esta  confianza lo ha  castigado cruelmente. Lo  mismo le ocurre al        teniente  coronel  Picquart  que, por  un sentimiento  de  dignidad        elevada, no  ha  querido  publicar las cartas  del  general  Gonse;        escrúpulos que lo honran de tal modo que, mientras permanecía respetuoso        y disciplinado,  sus jefes lo hicieron cubrir de lodo instruyendole un        proceso de la  manera  mas  desusada y ultrajante. Hay,        pues, dos  víctimas; dos hombres   honrados y leales, dos corazones        nobles y sencillos, que confiaban en Dios, mientras el diablo hacia        de las  suyas. Y hasta hemos visto contra  el teniente coronel Picquart        este acto innoble: un tribunal francés  consentir que se acusara        públicamente a un testigo y cerrar los ojos  cuando el testigo        se  presentaba  para  explicar y  defenderse. Afirmo que esto es un        crimen mas, un crimen que  subleva la conciencia universal. Decididamente,        los tribunales  militares tienen una idea   muy extraña de        la justicia.  
       Tal es la  verdad, señor  Presidente, verdad tan  espantosa, que no
       dudo quede como una mancha en vuestro gobierno. Supongo que no tengáis        ningún poder  en este  asunto, que seáis  un prisionero de la        Constitución  y de la gente que os  rodea; pero tenéis un  deber de        hombre en el cual  meditaréis  cumpliéndolo, sin duda honradamente.        No creáis que desespero  del triunfo; lo repito con una certeza que        no permite la menor vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla.        Hasta  hoy no  principia el proceso, pues hasta hoy no han        quedado deslindadas las posiciones de cada uno; a un lado los culpables,        que no quieren la luz; al otro los justicieros que daremos la        vida porque la luz se haga. Cuanto mas duramente se  oprime la verdad,        mas fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se        prepara el más ruidoso de los desastres.              Señor Presidente, concluyamos, que ya es tiempo.
       Yo acuso al teniente  coronel Paty de Clam  como laborante - quiero
       suponer inconsciente - del error judicial, y por haber defendido su        obra nefasta  tres años después con  maquinaciones  descabelladas y        culpables.  
       Acuso al general Mercier por haberse  hecho  cómplice, al menos por
       debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.  
       Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de
       la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo        tanto  culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con        un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido.
       Acuso al general  Boisdeffre y al  general Gonse por haberse hecho
       cómplices del mismo crimen, el uno por  fanatismo clerical, el otro        por espíritu de cuerpo, que hace  de las oficinas de Guerra un arca        santa, inatacable.  
       Acuso al general  Pellieux y al comandante  Ravary por  haber hecho
       una información infame, una información parcialmente monstruosa, en        la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe        audacia. Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme,        Varinard  y  Couard por sus informes  engañadores y fraudulentos, a        menos que un examen facultativo los declare víctimas de una ceguera        de los ojos y del juicio.      Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa,        particularmente en L'Eclair y en L'Echo de París una  campaña abominable        para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.
       Y por último:acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado
       a un acusado, fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo        de  Guerra, por haber cubierto esta  ilegalidad, cometiendo el        crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable.  
       No ignoro que, al  formular estas acusaciones, arrojo  sobre mí los
       artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa  del 29 de julio de 1881, que        se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo        a disposición de los Tribunales.  
       En  cuanto a las personas  a quienes  acuso, debo  decir que ni las
       conozco ni las he  visto nunca, ni siento particularmente por ellas        rencor  ni odio. Las considero  como  entidades, como  espíritus de        maleficencia  social. Y el  acto que realizo aquí, no es mas que un        medio revolucionario de activar la  explosión de la  verdad y de la        justicia.  
       Solo un sentimiento  me mueve, solo  deseo que la luz se haga, y lo
       imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene        derecho a  ser feliz.  Mi ardiente protesta no es mas  que un grito       de mi alma. Que se  atrevan a  llevarme a los  Tribunales y  que me        juzguen públicamente.  
       Así lo espero.
   
       Emile Zola
       París, enero 13 de 1898.
       
 
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